Y cuando cada uno tiene su ventana y su vista al mar, a la calle, a la vecina de enfrente, al patio o a la pared se vuelve a su casa y activa el reloj. Ya se pueden ir despertando los demás. Empiezan a sonar despertadores en todas las casas, unos lo apagan, otros no lo oyen, unos le dan un porrazo, otros miran la hora y cinco minutos más, unos no saben en qué cama están, otros dan un brinco y los hay que siguen durmiendo y no se enteran de nada. Llámalo X lo apaga. Sergio cinco minutos más. Ella no sabe en qué cama está.

El principio de todo lo demás.
Laura Sala Belda